
Siempre pensé que correr no era para mí. He practicado boxeo, ciclismo y montañismo, y he asistido al gimnasio con cierta regularidad, pero correr era algo que me provocaba más molestias que satisfacción.
Tres kilómetros me dejaban con molestias en las rodillas y sin ganas de continuar, mientras que otros compañeros corrían sin problema diez o doce kilómetros. Esto claramente requería una transformación.
Por recomendación de mi amigo Luis Fernando, me asesoré con un entrenador para llevar un proceso guiado. Tres meses después corrí mi primera media maratón y, un año más tarde, terminé mi primera maratón en la Ciudad de Guatemala.
En el proceso, bajé quince libras y mis controles de salud mostraron cambios que superaron mis expectativas. También observé principios que se aplican prácticamente a cualquier proceso de transformación profunda, personal o empresarial. Más allá de la perseverancia, la disciplina y el sacrificio, comparto cinco lecciones que identifiqué durante este proceso.
1. La constancia merece más admiración que una actuación extraordinaria
Cuando comencé a entrenar, conocí corredores que habían completado más de diez maratones y tenían mucha más resistencia y velocidad que yo. Para mi sorpresa, no me hablaban tanto de la distancia ni del ritmo, sino de la perseverancia.
Una de las primeras frases que escuché se quedó conmigo:
No importa la distancia. No importa la velocidad. Lo que importa es la constancia.
Ellos sabían algo que yo apenas comenzaba a entender: una buena carrera rara vez se construye con un día espectacular. Se construye con muchos días ordinarios en los que uno decide presentarse.
La constancia no siempre luce impresionante. Nadie toma una fotografía de la mañana en que uno se levanta sin ganas, se pone los zapatos y cumple con un entrenamiento corto. Sin embargo, ese día puede ser más importante que aquel en el que se rompe una marca personal.
El resultado visible se celebra en la meta; el carácter se forma durante las repeticiones que casi nadie ve.
En la vida solemos admirar los grandes momentos: una decisión valiente, un proyecto exitoso, una oportunidad extraordinaria o un cambio que parece ocurrir de repente. Pero detrás de casi todos esos resultados hay una larga acumulación de acciones pequeñas: volver a intentarlo, practicar, corregir, conversar, pedir perdón o cumplir lo prometido cuando nadie está aplaudiendo.
Parte de mi inspiración para comenzar a correr vino de un video corto en YouTube que mostraba a una mujer que logró una transformación impresionante después de comenzar corriendo dos kilómetros. Grabó su progreso durante un año y el resultado era admirable.
Los resultados extraordinarios suelen ser la suma de muchos días ordinarios bien aprovechados.
2. No existe una clave mágica: la transformación ocurre cuando cuidamos el sistema completo
Al principio, después de tres kilómetros me quedaba sin aire y tenía que bajar la velocidad. Con el entrenamiento, mi capacidad cardiovascular mejoró. Pensé que el problema estaba resuelto.
Entonces apareció otro límite: mis tendones y articulaciones no se adaptaron con la misma rapidez y me lesioné.
Una parte de mí estaba lista para avanzar; otra todavía necesitaba tiempo. Tener pulmones fuertes no compensaba unos tendones sobrecargados. Tuve que ser paciente y trabajar en cada limitación, solo para descubrir que después de una venía otra.
Esta experiencia me recordó que ningún sistema depende de una sola pieza. El rendimiento surge de la interacción entre muchas capacidades: resistencia, fuerza, movilidad, técnica, alimentación, descanso y estado mental. Cuando una de ellas se queda atrás, tarde o temprano condiciona a las demás.
Con la vida ocurre algo parecido.
Con frecuencia buscamos una única solución capaz de arreglarlo todo: trabajar más, adoptar un nuevo marco de trabajo, incorporar una nueva rutina, reorganizar al equipo o aumentar el personal. Todas esas acciones pueden ser útiles, pero ninguna compensa indefinidamente el abandono de las demás áreas.
Podemos tener éxito profesional y relaciones quebradas. Podemos desarrollar grandes conocimientos y no saber pedir perdón. Podemos cuidar a todos y abandonar nuestra propia salud. Podemos mantenernos muy ocupados sin avanzar en lo verdaderamente importante.
Crecer exige mirar el sistema completo, tanto en lo profesional como en lo personal.
Una dificultad no siempre significa que debamos renunciar a la carrera. A veces indica que necesitamos fortalecer una parte que habíamos ignorado.
3. La recuperación es parte del entrenamiento
Me costó comprender que descansar también era entrenar, a pesar de que todo el mundo me lo dijo.
Uno siente que progresa cuando corre, suda y termina agotado. El descanso parece no producir nada y, por eso, solemos no valorarlo lo suficiente. Sin embargo, un cuerpo que nunca se recupera deja de fortalecerse.
El esfuerzo produce el estímulo; la recuperación permite que ese estímulo se convierta en adaptación.
Descansar no debería ser lo que hacemos únicamente cuando ya no podemos continuar. Debe ser una parte intencional de cualquier esfuerzo que queramos sostener. Así como apartamos tiempo para entrenar o trabajar, también necesitamos reservarlo para dormir, recuperar energía y relacionarnos con las personas que nos importan.
El descanso no es irresponsabilidad. Tampoco es ausencia de compromiso. Es restauración y preparación para volver a actuar con claridad.
Estar siempre ocupado parece demostrar ambición y compromiso; detenerse puede generar culpa. Pero ignorar la recuperación no aumenta nuestro compromiso: reduce progresivamente nuestra capacidad.
Quizá el siguiente paso no sea correr más rápido, sino recuperar fuerzas. Dormir. Guardar silencio. Comer mejor. Pedir ayuda. Pasar tiempo con las personas que amas. Dejar durante unas horas una responsabilidad que siempre parece urgente para retomarla luego con más fuerza y resolverla de una vez.
4. Una meta orienta las decisiones de cada día
Al inicio, la meta no era la maratón, sino simplemente superarme a mí mismo y, en el proceso, disfrutar de la parte técnica de los relojes, los sensores, el equipo y todo lo que la vida moderna nos ofrece. Sin embargo, llegó el día en que tomé la decisión de apuntarme a la maratón, y esa decisión hizo una diferencia.
Influyó en la hora de dormir, en lo que comía y lo que no, en la disciplina para recuperarme y en la manera en que administraba mi tiempo. La meta estaba lejos, pero ejercía autoridad sobre el presente.
Cuando sabemos hacia dónde vamos, podemos decir que no incluso a cosas buenas que nos distraen o no contribuyen a lo que queremos construir. También podemos aceptar incomodidades temporales porque comprendemos el resultado que estamos persiguiendo.
Sin una dirección clara, es fácil reaccionar continuamente a lo urgente. Dejamos pasar el tiempo, postergamos decisiones y confundimos movimiento con progreso.
La meta, sin embargo, no debe convertirse en una obsesión rígida. Dos meses antes de la maratón, comencé a sentir un dolor en la planta del pie izquierdo, al punto de pensar que no podría correr. El dolor desapareció justo una semana antes de la carrera.
La meta puede ajustarse cuando aparecen nuevos datos, cambian las circunstancias o descubrimos que el costo es mayor de lo razonable. Su función no es controlarnos, sino ayudarnos a decidir de manera consciente.
No basta con preguntar qué queremos alcanzar algún día. También debemos preguntarnos:
Si esta meta realmente importa, ¿qué decisión debería cambiar hoy?
Una meta distante comienza a hacerse realidad cuando modifica nuestra conducta presente.
5. La transformación tiene un alto costo, pero es menor que el de permanecer igual
Entrenar para una maratón incomoda. Hay cansancio, madrugadas, renuncias y momentos en los que el cuerpo protesta con dolor. Existe el dolor de desarrollar una capacidad, pero también el que advierte sobre una posible lesión, y vaya si es importante saber distinguirlos.
No debemos glorificar el sufrimiento ni asumir que soportar más dolor siempre nos hace más fuertes. A veces avanzar exige perseverar; otras veces exige detenerse, pedir consejo y cambiar el plan.
La misma distinción sirve fuera del deporte.
Hay conversaciones difíciles que pueden reparar una relación. Hay hábitos que cuestan, pero cambian nuestro futuro. Reorganizar un departamento o una empresa suele salir caro. Recibir críticas incómodas en una evaluación 360 nos permite mejorar.
También existen ambientes dañinos, exigencias poco saludables y faltas de respeto que no deberían normalizarse bajo la idea de que «todo sacrificio vale la pena».
Cambiar duele porque exige despedirnos de una versión conocida de nosotros mismos o de nuestro entorno. Pero permanecer igual también tiene un costo: la oportunidad perdida, la decisión postergada, la relación que no atendimos o la capacidad que nunca desarrollamos.
Ahora me hago dos preguntas durante un proceso de transformación:
1. ¿Esta incomodidad está produciendo crecimiento o anunciando daño?
2. ¿El costo de esta transformación es mayor o menor que el costo de no hacerla?
Escuchar el cuerpo, observar los resultados, recibir consejo y ajustar el ritmo también forman parte de la perseverancia.
¿Y ahora qué?
En el kilómetro 39 lo tenía muy claro: «¡Última vez! ¡Nunca más! ¡Una fue suficiente!». Sin embargo, dos días después, mi pensamiento ya había cambiado.
Al mirar atrás, la maratón me dejó una medalla, mejores hábitos y una historia. Pero también me dejó cinco preguntas que todavía necesito responder:
1. ¿Dónde necesito volver a presentarme con constancia?
2. ¿Qué parte de mi vida estoy descuidando mientras otra acelera?
3. ¿Qué descanso o recuperación necesito aceptar sin culpa?
4. ¿Qué meta debería orientar mis decisiones de hoy?
5. ¿Qué incomodidad necesito atravesar y qué señal de daño debo atender?
Todos tenemos carreras diferentes, y muchas. También comenzamos desde puntos distintos y con capacidades diferentes. Lo que nos define es la perseverancia, el proceso de mejora continua, la disposición para aprender de los errores y la capacidad de entender el ritmo al que podemos sostener nuestro esfuerzo.
No necesitamos resolver hoy todos los kilómetros que tenemos por delante. Necesitamos completar los kilómetros de hoy y, mañana, los de mañana, sabiendo hacia dónde vamos y entendiendo que cada día presentará sus propios desafíos y problemas, pero también aprendizajes y sorpresas.
Alcanzar la meta es satisfactorio, pero la transformación es lo que realmente vale.
